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Grupo de segadores/as. Colección Gema Cañas

Nº 7 – Oficios – LA RECOLECCIÓN DEL CEREAL EN ALCÁZAR DE SAN JUAN

  • Última modificación de la entrada:24 de agosto de 2022

Israel Caravaca García y Francisco José Atienza Santiago.

El cereal como producto de primera necesidad para la población local, se recogía durante los meses de julio y agosto, que era cuando el  agricultor o jornalero, después de un proceso muy laborioso, adquiría finalmente el grano para su venta, molienda, etc. Y, la paja, para alimento de sus animales, como las mulas, que normalmente eran las que les ayudaban en sus tareas agrícolas.

El proceso del cereal consistía, primero, en preparar la tierra arándola, para luego sembrarla. Pasados algunos meses, una vez que la cosecha se encontraba apta, se cortaba en el mismo terreno con una herramienta denomina hoz y, en la misma parcela, se reunían las distintas espigas en haces, agrupándolas mediante una serie de cuerdas o “tomizas”. Posteriormente, se cargaban en el carro o galera de las mulas, que en su conjunto se denominaban, popularmente, como “carros o galeras de mies”. Luego, se trasportaban a otros terrenos, denominados “eras”, propiedad del mismo agricultor o  de algún allegado.

La eras se constituían  normalmente en unos terrenos empedrados de forma cuadrada, (allí) donde se depositaban las espigas, hasta que se llegaban a reunir cuatro o cinco carros o galeras de mies y, después, se extendía todo el conjunto en forma circular. Este paso se conocía, popularmente, como extender “la parva”. A continuación, junto con las mulas, que hacían de motor giratorio, se pasaba la trilla (madera con trozos de sílex incrustados en forma de cuchilla que hacían de rasgadores), que se encontraba adosada a dichas mulas, con lo que se conseguía la molienda de las haces. Para sacar el grano, se  amontonaba toda la molienda en forma de tejado a dos aguas, hecho que se conocía popularmente como “la ped”. Se esperaba a que el viento fuera solano para hacer el siguiente proceso, que se denominaba ablentar, y consistía en lanzar la molienda al aire; con esto se conseguía la separación de la paja y el grano. En años posteriores, esto era realizado por máquinas automáticas. El último proceso para la obtención definitiva del grano consistía en pasarlo por la criba (el grano). Esta labor era realizada por los mismos propietarios directamente o estaba al cargo del mayoral en las casas más pudientes.

Además del mayoral, había un ayudador, un zagal mayor y algunos zagales menores. El mayoral tenía la misión de llevar un par de mulas y tirar toda la simiente en la era de emparvar, donde comía y dormía.  El ayudador se encargaba de sacar el pienso y repartirlo por las noches a las caballerías, acompañado por los zagales, que eran personas de más corta edad, hijos de jornaleros o gañanes que, cuando llegaban a los quince o dieciséis años, se les acomodaba o ajustaba en estos sitios.

Una vez obtenido el grano, se medía con las fanegas o medias fanegas y se almacenaban en “costales” (sacos estrechos de lona), y por último, se transportaban hasta las cámaras de las casas, que servían de depósito improvisado hasta su posterior venta a las fábricas de harina, que eran las encargadas, junto con los distintos tipos de molinos de la zona, de la molienda para la obtención de la harina. También se guardaba  parte de la cosecha, como hemos dicho anteriormente, para la siembra venidera. Con la paja restante, se llenaban los pajares particulares de las casas y, junto con el salvado, servían de autoabastecimiento de los animales domésticos, dejándolos en depósito para todo el  año. También con la paja y el barro se fabricaban adobes para la construcción de las casas y otros elementos, que hacían que este uso fuera de utilidad completa.

El sistema cerealístico en España, a mediados del siglo XIX, era muy arcaico, con precios especulativos, como se puso de manifiesto en la crisis de subsistencia de 1868. En 1870, se produce una crisis general en toda Europa, y se produce una deflación de los precios de algunos productos agrícolas, lo que condicionó la futura evolución de la agricultura en Europa y en las distintas regiones españolas[1]. La defensa arancelaria de los mercados nacionales fue el punto de inflexión en España,  retrotrayéndose de las reformas capitalistas que se imponían en Europa.  En el bienio 1904- 06, se dio una importante sequía,  que provoca la demanda de mejores condiciones de trabajo y aumento de sueldo, constituyéndose en  gran parte de España asociaciones de resistencia, pensando en la huelga como única forma de hacer valer sus derechos[2].

Las transformaciones agrarias y el cambio político en el primer tercio del siglo XX, conllevarían a que el Instituto de Reforma Agraria dividiera la provincia de Ciudad Real en zonas agrícolas, atendiendo no solo a la distribución de cultivos, sino también a los rendimientos de estos y a la proporción de renta suministrada. En Alcázar, en esta época, el cereal era la superficie predominante, pero el viñedo aportaba la mayoría de los ingresos por la comercialización del vino.

La molienda del grano para hacer harina se realizaba en molinos de agua, en los ríos Záncara y Gigüela, cercanos a la población de Alcázar y en molinos de viento,  situados en los cerros de San Antón y el Tinte, o en el paraje de Las Fontanillas, etc.

Los molinos harineros hidráulicos eran edificios que constaban de dos cuerpos; en el cuerpo superior se encontraba la sala de moler de planta rectangular, cuyos muros solían ser de mampostería de piedra del terreno y mortero de cal; los tabiques interiores eran de adobe; la pared externa, en algunas ocasiones, se reforzaba con dos contrafuertes, los muros eran enlucidos con yeso y se revocaban con cal. Los suelos eran de baldosas, y la cubierta normalmente era a dos aguas, con caballetes de maderas, que sostenían zarzos y revoco de barro, sobre el que descansaba la teja. La sala de moler tenía escasos vanos, apenas dos saeteras colocadas una frente a otra en cada uno de los muros longitudinales, por cada piedra. La puerta solía ser una trilla vieja.  A veces, sobre la sala de moler se encontraba la cámara para separar la harinas de trigo y cebada, que también servía de dormitorio de los hijos o de los aprendices del molinero. Como dependencias anexas a dicha sala se encontraba una cocina con dos camastros, que hacía a veces de dormitorio del matrimonio molinero. Solía haber también un zaguán, donde descansaban o dormían algunas personas que iban a moler el grano. También estaban la cuadras, con sus pesebres para las caballerías, el porche para el carro, gorrineras, etc.Todo esto hacía que la forma de vida del molinero fuera autárquica[3]

Estos molinos hidráulicos estaban situados en los cauces de los ríos Gigüela y Záncara y formaban parte de los Señoríos del Gran Priorato de San Juan, donde la orden ejercía derechos de agua, molienda, sobre los artilugios utilizados en los molinos e instrucción,  arrendándolos cada cuatro años a particulares o cediendo su uso mediante censos perpetuos[4].  A finales del XVIII, siete serían los molinos hidráulicos harineros que corrían a cargo del Administrador de Alcázar en la ribera del río Gigüela: Los Hidalgos, La Guerrera, El Arinero, Hernando Díaz, Cazuelas, Pastrana y el Doctor, aunque los molinos de “Los Hidalgos”, “Cazuelas” y “Pastrana”, estaban en este siglo a cargo del administrador de Alcázar. En la actualidad, se encuentran situados en la vega de Villafranca de los Caballeros. El funcionamiento de sus máquinas era estacional. Durante ocho meses al año, se regían desde la fiesta de los Santos hasta la de San Pedro del año siguiente[5]. Después, se solía subastar el arriendo de las maquilas el año que correspondía y al ser propiedad de la dignidad Prioral, solía ser para cuatro años, aunque el incumplimiento de pagos establecidos, nota predominante en la época, hacía que las subastas se repitieran muy a menudo. Algo que se producía muy frecuentemente era el aplazamiento de los pagos por causas como la sequía, reparaciones realizadas en las fábricas, efectos climatológicos como centellas, o causas humanas, como atascos en la maquinaria del molino por falta de limpieza del canal, etc. Estos molinos se cerraban a la entrada del invierno de cada año, cuando ya había agua suficiente en el Gigüela para que pudieran moler sus molinos, y se abría en las primaveras desde junio en adelante, de manera que estos molinos estaban abiertos cinco o seis meses del año, debido a la falta de agua de los ríos Záncara y Gigüela[6]. Cabe destacar también las Pedrizas de Piédrola[7] de la zona, que fueron surtidoras de materia prima para la realización de muelas de molino, tanto para Alcázar de San Juan como para su comarca en general. Estas piedras, con los años, fueron sustituidas por otros materiales más resistentes, o fueron reutilizadas como soleras o en la construcción de puentes cercanos.

Respecto a los molinos de viento, su localización en la actualidad es muy difusa, debido a que a lo largo de su historia, estos han ido cambiando su nomenclatura, a la vez que en muchos casos, se mezclaban con molinos de otros términos, que eran propiedad de particulares de Alcázar, con los que realmente se construyeron dentro de dicho término.

En 1860, catorce eran los molinos que giraban sus aspas por los oteros de Alcázar de San Juan, nueve de los cuales se alzaban en el cerro de San Antón. Correspondían con los de “La Horca”, “La Cana”, “El Chopo”, “Las Maquilas”, “Molino Nuevo”, “San Antón”, “San Antonio”, “San Marcos” y “El Tinte”. Otros molinos se situaban en el cerro de San Cristóbal,  además de los cerros de San Isidro, en el cerro del Tinte y en lo que hoy es el casco urbano. Corresponden con los molinos de “El Clérigo” y “Venganza”, que se encontraban a cien metros del ayuntamiento, a doscientos, el de “San José” y “Las Ranas” y, por último, a unos quinientos metros respecto al ayuntamiento, se encontraba el molino “La Motilla”.

La relación de nombres fue variando a lo largo del tiempo. Entre los topónimos se encontraban: “El Urema” o “Ureña”, “El del Tío Simón”, “El Sacramentos”, “El Venganza”, “La Horca”, “La Motilla”, “El Cebaílla”, “El San José”, “El Chopo”, “El San Antón”, “El Carbón”, “El Chirolo”, “El Tinte”, “El Pinto”, “El Santa Bárbara”, “El Nuevo”, “La Cana”, “El Pescado o Molino de Teresa ”. Además, “El Clérigo”, “Las Maquilas”, “Las Ranas”, “San Antonio” y “San Marcos”, Zaragüelles, Santanillas, Aleib, Ibreca, etc.

En la década de los 60, se cambiaron los nombres, una vez más, a topónimos quijotescos, en función de su promoción turística, y los llamaron: “El Doncel” o de Josita Hernán, “El Rocinante” durante un tiempo del Hispanófilo Oscar A. Dignoes, “Sancho Panza” o de Tico Medina, “Barcelona”, “Fierabrás”, “Dulcinea”, etc.

[1] T. Carnero i Rabat: Expansión vínicola y atraso agrario, en R. Garrabou, op. Cit, Barcelona. 1995, pp. 281- 285.
[2] Instituto de reformas sociales:  Memoria acerca de la información agraria en ambas Castillas. Madrid. 1976. p 93 y ss.
[3] ibid. pp 70- 71
[4] Lizcano Tejado, J. M. Alcázar y el Agua. pp 55-59
[5] AGP. Infante Don Gabriel. Secretaría. Molinos del Giguela en el término de Alcázar y Quero. Leg. 211
[6] AGP. Infante Don Gabriel. Secretaría. Leg. 211
[7] Paraje del término de Alcázar de San Juan, rico en piedra.
Israel Caravaca García
Licenciado en historia por la universidad Autónoma de Madrid, tras mi paso por el archivo municipal ,me interesé por la investigación, iniciando algunos trabajos sobre el regimiento provincial de Alcázar de San Juan, publicando en 2009 un artículo en Oficios tradicionales de Alcázar de San Juan y La Mancha centro,  amante de mi pueblo, de sus costumbres y tradiciones.
Francisco José Atienza Santiago.
Licenciado en Historia por la Universidad de Castilla-La Mancha, Facultad de Letras de Ciudad Real. Archivero Municipal de Alcázar de San Juan. Ha realizado  trabajos de investigación relacionados con la historia local y diversas publicaciones.
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