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Fermina García de Medrano en Alcázar de San Juan, maestra de escuela elemental desde 1890 hasta 1909. Fotografía sin datar.

Nº 8 – Oficios – MUJER E INSTRUCCIÓN EN EL SIGLO XIX. ALGUNOS APUNTES SOBRE ESCUELAS FEMENINAS EN ALCÁZAR DE SAN JUAN

  • Última modificación de la entrada:8 de noviembre de 2023

Mª Teresa Moreno Barriga

La identificación de esta maestra viene dada con la reproducción que aparece en la obra “Hombres, lugares y cosas de La Mancha”, fascículo X, pág. 4, del 8 de julio de 1961. En el mismo fascículo Rafael Mazuecos nos ilustra con el siguiente testimonio:

“(…) Fue una buena Maestra que sonó mucho en su tiempo. Parece que era de Pamplona de carácter recto y muy laboriosa; las chicas salían sabiendo coser, zurcir, hacer media y hasta cortar, que les enseñaba los sábados. El detalle de zurcir, revela el claro sentido y espíritu practico de Doña Fermina porque entonces remendaban mucho la ropa todas las mujeres, incluso las media, de aquel hilo fuerte (…). Está en su mesa de trabajo, sin más trastos que el tintero, nada vigorosa y a pesar de la alegría del momento, más bien deprimida y resignada, como es habitual en las Maestras y, está además como minada por sufrimientos orgánicos que no le impidieron vivir bastantes años”.

Me ha parecido interesante encabezar este artículo con esta fotografía, probablemente de finales del siglo XIX o principios del XX, y con el comentario que vierte D. Rafael Mazuecos al tratar de describir lo que trasmite esta maestra (…) deprimida y resignada como es habitual en las Maestras (…)”. ¿En que estaría pensando D. Rafael cuando escribió este comentario?, ¿qué recuerdos guardaba de las maestras de su infancia? Y, sobre todo, ¿qué opinión se tenía de las maestras en la década de 1960?, casi un siglo después de que se realizara esta fotografía. Una respuesta que no está ni estará a nuestro alcance, pero que, sin embargo, nos hace reflexionar sobre el concepto que se tenía de la enseñanza femenina y de sus maestras, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Muy diferente del semblante que describe D. Rafael de los maestros en otros artículos de su revista[1], mucho más positivos y optimistas, cercano al pensamiento que aún adornaba la mentalidad de la sociedad en los años 60 del pasado siglo. Sobran las palabras.

En el siglo XVIII apenas el 1% de la población femenina sabía leer y escribir. Durante el primer tercio de siglo XIX las escuelas fueron un espacio social restringido y de uso casi exclusivo del género masculino, como muestran los reglamentos y proyectos sobre educación que fueron aprobando los sucesivos gobiernos y que restringían enormemente la preparación de las niñas y de las maestras. A mediados de siglo el Estado empezaría a asumir de manera más consciente la responsabilidad de organizar la instrucción pública de las niñas.

Los primeros intentos de mejorar la enseñanza de las niñas se concretan en lo legislativo en una serie de reglamentos que se irán sucediendo en las primeras décadas. El punto de partida es la Constitución de Cádiz que en sus artículos 366-368 dispone “el establecimiento de escuelas de primeras letras en todos los pueblos de la monarquía”, pero sin especificar si las niñas tendrían derecho a esta educación. Entonces el papel de la mujer en la sociedad se limitaba únicamente al ámbito doméstico y al mantenimiento de la familia y el hogar, aunque hay que señalar que este será el inicio del reconocimiento del derecho de la mujer a la educación en España. Durante los gobiernos liberales del reinado de Isabel II (1833-1868) se irá regulando el acceso de la mujer a la enseñanza, eso sí, en función del sexo que determinaba el papel que cada uno debía desempeñar en la sociedad. Así es como empezarán a surgir escuelas donde se enseñará a las niñas a leer y escribir, pero donde una parte importante del horario escolar se empleará en realizar “tareas propias del hogar” y a formarse en doctrina cristiana.

La Ley de Instrucción Pública de 1857, conocida como Ley Moyano, que estará vigente hasta 1970[2], va a suponer un gran avance para la educación de la mujer, pues señalaba en primer lugar que en todos los pueblos de quinientos habitantes (art.100) se abrirá una escuela pública elemental de niños y otra “aunque sea incompleta de niñas”, y en segundo lugar porque se reconocía con la creación de las Escuelas Normales femeninas (art. 114) la conveniencia de la formación pedagógica de las maestras. Aquí en Ciudad Real, echaría a andar en el curso 1860-61, casi con 20 años de diferencia respecto a la de sus colegas varones, que se abrió en 1842. Hay que reconocer que estos establecimientos serían para las mujeres la única alternativa de carácter cultural y laboral que tuvieron a su alcance, aunque entonces solamente una minoría de mujeres cursara estudios especializados de magisterio. Durante la década siguiente se hizo muy poco, a las maestras se les exigía menos que a los maestros para la titulación oficial y en consonancia su salario era una tercera parte menor[3].

Respecto a la reglamentación de las materias que estudiaban las maestras en las Escuelas Normales, principalmente estaban relacionadas con el hogar, dando prioridad a las labores y a la religión. De las materias instrumentales como la Lengua o las Matemáticas solo recibían conocimientos rudimentarios y de las materias científicas, como las Ciencias Naturales, la Física, y la Geometría no recibían formación. El resultado eran maestras con mediano dominio de las técnicas de lectura y escritura y escasos conocimientos en aritmética y una notable habilidad para las labores del hogar[4].

En la década de 1870 y 1880 con la llegada de la nueva pedagogía y los nuevos planteamientos didácticos comenzaron a introducirse innovaciones educativas. Llegaron los Congresos Pedagógicos y nacería la Institución Libre de Enseñanza en 1876, donde los intelectuales y profesores presentaban las corrientes más avanzadas y progresistas del momento y se empezaba a cuestionar la división de la educación entre niños y niñas. En el Congreso de 1892 se fijaría la meta de la igualdad educativa y el derecho del ejercicio profesional para las mujeres. Pero a pesar de estos tímidos avances la educación de la mujer, a finales de siglo, seguía siendo muy deficiente. Estos proyectos no movían el cambio en la mentalidad dominante ni tampoco en el sistema educativo.

Aquí en Alcázar de San Juan, los comentarios de las actas de la comisión de instrucción primaria local son un fiel reflejo de lo que hasta ahora llevamos dicho. Sirva de ejemplo la situación que se describe en un acta de exámenes, donde se alaba la instrucción que los niños han alcanzado en (…) Gramática castellana, Aritmética con inclusión del sistema decimal, Geografía y Geometría (…) frente a los comentarios que vierten sobre el aprendizaje de las niñas que (…) presentaron obras de costura primorosamente hechas, muchas leyeron con perfección y soltura, algunas llevaron también lanas y todas están mui puestas en la doctrina cristiana (…)[5], o este otro párrafo del acta capitular del 22 de febrero de 1854, cuando la corporación municipal trata en un pleno con carácter de urgencia la necesidad de abrir una escuela elemental de niñas. Reproducimos una parte del texto debido a que la información que ofrece resulta muy interesante de la mentalidad patriarcal y decimonónica existente: (…) que uno de los ramos que más interesan al ppco. [público] es sin duda el establecimiento de escuelas de primera educación para qe la juventud de ambos sexos adquieran los conocimientos preparatorios é indispensables para estudios mayores en los niños, y para que las niñas puedan en su día ser unas verdaderas madres que dirijan a sus hijos por la senda del bien al poco que aquellos, siendo buenos ciudadanos y honrados padres de familia puedan ser también los sostenedores del Estado, dando lustre y nombre a la Nación (…)”. Finalmente se establecería la escuela elemental de niñas, cuatro años después en 1858[6]. Este modelo de enseñanza al que aluden nuestras autoridades permitirá una educación para los niños dirigida hacia la esfera pública, pues ellos están destinados a ser ciudadanos y la enseñanza de las niñas posee un carácter privado pues se desarrollará en el espacio doméstico.

Para terminar este artículo quiero hacer mención a algunas de las maestras que consagraron su vida a la docencia en esta localidad en la segunda mitad del siglo XIX para sacarlas del anonimato en el que han dormido hasta ahora. El nombre de la primera maestra que aparece en los registros que tenemos es María Antonia Fernández Carneros que en 1816 escribe al Priorato para solicitar una ayuda económica para poder seguir manteniendo su escuela. En 1844 aparece ya el testimonio de una maestra a la que el ayuntamiento ve conveniente subir el salario y aunque no la nombran puede que fuera la maestra María Josefa Martín de las Mozas. Esta maestra estuvo al frente de su escuela de párvulas hasta 1869, año de su fallecimiento. Finalmente, esta escuela cerrará sus puertas en 1873. De la escuela elemental hay noticias desde 1844 y algunas de sus maestras fueron: Francisca Orobio (1851), Juana Coronado (1851-1853), Petra Mora (1854), Josefa Merino (1854), Juana García Villaraco (1855), Felisa Fernández Garrido (1857-1862), maestras que estuvieron ejerciendo muy poco tiempo, pues todavía no estaba regularizado el acceso y eran muy escasas las maestras que poseían el título oficial. La otra escuela elemental de niñas fue creada en 1858 y tuvo como primera maestra en propiedad a Blasa Caravantes y Badillo que estará al frente de la escuela hasta 1887[7]. Otra maestra, Cesárea Caravantes Alumbrero llegará como maestra en propiedad de la primera escuela elemental de niñas en 1862. Fue la maestra que más tiempo estuvo a cargo de su escuela, siendo felicitada en numerosas ocasiones. Finalmente se trasladó a Herencia en 1892[8]. Hay, además, testimonio de una maestra auxiliar que ejerció en la escuela de Dª Blasa, Dimpna Martínez y Martín Chocano entre 1875 y 1882. A este apunte nominal hay que añadir los nombres de las dos últimas maestras que estuvieron en Alcázar hasta bien entrado el siglo XX: Fermina García de Medrano, la maestra de la fotografía, que ocupó su plaza en propiedad desde 1891 hasta 1909 y Lucrecia Moreno Hervás, que estuvo al frente de la otra escuela desde 1892 hasta 1917, año en el que pidió traslado a Madrid junto a su esposo[9]. La última escuela que abrió sus puertas en el siglo XIX, fue una escuela de párvulos mixta en 1884. Dirigida desde el primer momento por una maestra, Adelaida González, que estará ejerciendo en nuestra localidad hasta por lo menos 1910[10], mientras que en la colonia de Cervera trabajó Pilar Lacruz durante el curso académico 1897-1898 y Matilde Aparicio desde 1900 hasta 1910[11].

 

 

[1] Como por ejemplo el que vierte en el fascículo nº X, de esta misma colección, pág. 6, donde D. Rafael opina del maestro Vicente González Galiana que es todo un “patriarca” y donde llega a decir que “(…) Veía la vida con regocijo (…)”.

[2] Promulgación de la Ley General de Educación de 1970 (Ley de Villar Palasí).

[3] Art 194 de la Ley Moyano.” Las maestras tendrán de dotación respectivamente una tercera parte menos de lo señalado a los Maestros en la escala del art. 191”. El art. 191 es el encargado de fijar los sueldos en función de los habitantes que tenían los pueblos. Las diferencias salariales por sexo van a estar muy presentes hasta la Ley del 6 de julio de 1883 en el que se producirá la equiparación salarial.

[4] GONZALEZ PEREZ, Teresa (2010) “Aprender a enseñar en el siglo XIX. La formación inicial de las maestras españolas”. REIFOP (Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del profesorado), 13 (4), de la pp. 133 a la 143 (p.135). (Enlace web: http://www.aufop.com – Consultado en la fecha (31-03-2023)

[5] Actas de la comisión de instrucción primaria local del 23 de diciembre de 1852.

[6] Esta escuela elemental de niñas se abriría en 1858, obligada como estaba por la Ley Moyano, como vemos en el acta de la JIP del 30 de octubre de 1858 cuando dice “(…) Que debiendo haber en este pueblo, según la nueva ley de instrucción pública, cuatro escuelas elementales completas de niñas, cuya tercera parte a lo menos han de ser públicas y no habiendo más que una y otra de párvulos, parece que se está en el caso de establecer otra de aquella clase (…).

[7] R.D. de 27 de abril de 1877, mandando formar escalafones de maestros y maestras de escuelas públicas. A Blasa Caravantes la citan en el escalafón desde 1877 a 1887, como maestra activa en Alcázar de San Juan.

[8] BOP del 22 de agosto de 1892, donde se autoriza la permuta que solicita con la maestra Lucrecia Moreno en Herencia.

[9] BOP de 16 de febrero de 1917. Su esposo fue Vicente González Galiana, maestro de escuela elemental en Alcázar desde 1887 a 1917.

[10] Según informa el BOP del 16 de septiembre de ese año, en la sección de los escalafones.

[11] Como informa la relación de maestros-as del escalafón de esos años.

 

Mª Teresa Moreno Barriga.
Nacida en Villarrobledo. Licenciada en Geografía e Historia, por la Universidad de Murcia. Desde 1979, ha ejercido de profesora en distintos pueblos de la provincia. Se incorpora al IES María Zambrano en el curso 1992-93, donde ha permanecido hasta 2017. Adquirió su condición de catedrática en Educación Secundaria en 2004. Ha sido la comisaria, entre otras, de las siguientes exposiciones: “El siglo que se nos va” (1999), “El maestro y la escuela” (2000), “Viajeros al tren” (2001), “Un rincón en la memoria: el cine Crisfel” (2002), “El Quijote entre todos” en el 2005. Junto con Paloma Manzaneque ha ganado el premio, concedido en el “Octavo Concurso de Materiales Curriculares” con el trabajo titulado: “El voto femenino. Toda una aventura” y obtenido el Premio organizado por la antigua Caja de Castilla La Mancha en 2008, titulado “Por los caminos de Europa. Cuadernos de Viaje”. Ha publicado junto con Edmundo Comino, los textos del catálogo de la exposición “Verosímiles e inverosímiles” de Manuela Sanz, en 2019.
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