Nº 1 — Remembranzas – LA FERIA DE 1920

Nº 1 — Remembranzas – LA FERIA DE 1920

  • Última modificación de la entrada:21 de enero de 2021

LA BELLE EPOQUE EN ALCÁZAR

José Fernando Sánchez Ruiz.

Con este dibujo, que presenta un perfil de Alcázar de San Juan, el director del periódico local Tierra Manchega Ángel Soubriet significaba en 1920 su idea sobre la población. De sus escritos se podrían extractar rasgos que identificaran a los alcazareños, pero eso será motivo de otro viaje en el tiempo. El carácter alcazareño y el espíritu colectivo del lugar nos distingue como pueblo. Este espíritu se acrecienta mucho más cuando llegan sus fiestas, como en este caso la Feria, donde el forastero se mezcla con el alcazareño recordando tiempos pasados y aflora el carácter hospitalario y servicial que siempre ha tenido Alcázar de San Juan. Este fenómeno se produce especialmente desde la segunda mitad del siglo XIX con la llegada del ferrocarril, cuando se produjo el choque del llamado forastero con un pueblo abierto, como es Alcázar, a la comunicación, de fácil acceso y sin prejuicios para el extraño, lo que creó un carácter nuevo, mezclándose los naturales con los extraños, confundidos ambos en uno solo y que se sintetizó también, en definitiva, en la forma de realizar sus actividades lúdicas. Gracias a este impulso del progreso, los modos de pensar de la población cambiaron. Con las influencias de los recién llegados se empiezan a formar una serie de centros de recreo como el Casino de Alcázar, creado en 1850, el Círculo de la Unión y el Círculo Mercantil, estos dos a principios del siglo XX. La base económica de la población, que en aquella época era eminentemente cerealística y salitrera, pasa a ser comercial, industrial y vitícola.
Gracias al florecimiento económico que la ciudad adquiere se produce una serie de mejoras que revierten a principios del siglo XX instalándose el saneamiento y el alumbrado público, la traída de aguas y el hospital asilo. También se empiezan a modificar sus edificios mezclándose los estilos tradicionales con el estilo modernista y las nuevas tendencias del momento. En definitiva, su estructura como ciudad cambia, se hace más comercial e industrial, redundando en un floreciente comercio con ejemplos como la ferretería “El León”, la imprenta de Benigno Alaminos Navarro, la Casa de Pedro Escudero, el almacén de tejidos de Antonio Ortiz y otros muchos negocios que aparecen por casi toda la localidad. A este comercio se une una industria emergente como la fábrica de hielo “La Siberia” o la fábrica de harinas “El Alcázar”, esta propiedad de Francisco Saiz, y las relacionadas con el vino como la de Bernardo Mazuecos, situada en la antigua bodega de “La Espada”, la de Fortunato Ropero, los hijos de Marcelo Vaquero y la fábrica de los hermanos Peñuela, junto a las grandes empresas bodegueras venidas de fuera que exportaban vino a Francia. Todo esto generó una sociedad pujante que se reflejó igualmente en su feria.
Como muestra de ello hacemos una semblanza de la feria de 1920, de la que cabe reseñar que comenzó el 7 de septiembre y se alargó hasta el día 12 del mismo mes. Entre sus celebraciones, el primer acto fue la función religiosa en honor de la patrona la Virgen del Rosario reuniéndose desde el primer momento el aspecto religioso y el lúdico, celebrándose una gran verbena en la plaza de Santa Quiteria al finalizar la función religiosa. Aquella verbena estuvo protagonizada por la Filarmónica Alcazareña con un concierto y finalizó con una traca a cargo de una empresa de Valencia. Hoy este tipo de actividades se han transformado en las distintas verbenas populares y en el baile del vermut.
El acto más importante de la noche en los años veinte se cerraba con el espectáculo más vanguardista del momento, el cinematógrafo, que aunque Alcázar ya había visto algunas sesiones, era la atracción principal del público. Funciones de cine al aire libre que se realizaban en la misma plaza de Santa Quiteria.
El real de la feria de aquel año se limitaba a la confluencia de la calle Castelar y las plazas de la Fuente y Santa Quiteria, y se puede describir como un mercado de novedades con algunas atracciones mecánicas, puestos o paradas de productos alimenticios poco usuales, entretenimientos para los chicos y los mozos, venta de productos domésticos, especialmente alfarería y mercado de ganado.
Se inauguraba la feria en la mañana del día siguiente, el 8 de septiembre, cuando ahora termina. Durante todo el siglo XX la fecha de la feria se fue adelantando para ajustar los días de diversión al calendario laboral y productivo de la población. Para abrir la feria con grandes dosis de ilusión la comisión municipal organizadora de la misma se encargaba de preparar una elevación de globos grotescos y la función principal a la Virgen que hoy, como es natural, se sigue manteniendo el 8 de septiembre.
Con carácter general, a la tarde tenía lugar el concierto musical de la banda en la feria y por la noche la procesión de la imagen de la Virgen del Rosario. También a la noche, se cerró la jornada festiva con una segunda sesión de cine al aire libre, pues la gran pantalla había irrumpido con fuerza entre la población y los pases de películas en Alcázar eran un importantísimo acontecimiento social y cultural que hacía que se repitiera casi todos los días.

Los toros fueron otra de las características significativas de las fiestas en la ciudad. Las corridas se daban en la vieja plaza de toros que se situaba al final del recién inaugurado parque de Cervantes, que concentraba las acciones sociales más importante del Alcázar de la “belle époque”, una ciudad recién vestida de largo con el parque, la luz eléctrica, el agua potable, alguna instalación deportiva, la nueva estación del ferrocarril y otras muchas maravillas que habían llegado hacía solo unos años. Casi toda la vida social de la población se desarrollaba teniendo como eje la antigua carretera del Campo Criptana, a un lado la calle Emilio Castelar y el paseo de la Estación y al otro el Parque Cervantes, el campo de fútbol y la plaza de toros. Las corridas de toros y los festejos de novillos marcaron una época en aquella plaza y alrededor de ella apareció una de las figuras taurinas más interesantes de la población, el novillero y matador Laurentino Carrascosa. Los toros de aquella feria fueron en el primer festejo de cuatro novillos de la ganadería de Manuel Santos y los diestros Mariano Montes y Parejito.

Mariano Montes

En el segundo festejo, cuatro novillos de la ganadería de Antonio Sánchez Tardío a cargo de los diestros Torquito II y Mariano Montes. Eran años en los que Alcázar aún contaba con el resto de sus antiguas ganaderías que habían sido famosas en las ferias madrileñas desde el siglo XVII. El insigne pintor Ángel Lizcano, entusiasmado por los aspectos taurinos bajó a su pueblo en tren desde Madrid a ver las corridas y tomar apuntes del escorzo de los toreros para algunas de sus obras. Los festejos taurinos se cerraron el último día de feria con un festival cómico-bufo-taurino-musical, que conllevaba un concierto en el redondel de la plaza por la filarmónica y la lidia de un novillo utrero de la ganadería de Antonio Sánchez Tardío, cerrando el espectáculo la presentación de los reyes del toreo cómico-bufo Charlot, Arpillera y sus Botones, que tuvieron faena de dos novillos erales. Para terminar el espectáculo, se sorteó entre el público asistente un burro que tenía el nombre de Larita. Hoy hubiéramos hablado de una moto o de un coche.
En la feria no todo era diversión sino que, en relación a la idiosincrasia alcazareña, también había mucha filosofía y las coplas que marcaban la cultura de la población andaban de boca en boca por las placetas y en los puestos de la feria. Se insertan aquí tres ejemplos de lo más propio del momento que ya se sabe que la fiesta pasa muy especialmente por el encuentro de los amigos y las familias y la celebración en comer y beber.

Del vino echemos un velo.
Un ingenio peregrino
lo llamó néctar divino
que sin duda llaman vino
porque nos vino del cielo.

Sin desmerecer a lo que los alcazareños pensaban de su vino de aquel año está a su lado el queso.

El Queso se vendía al peso
y desde la tienda a casa
iba soltando tanta grasa
que te quedabas sin queso.

Junto al queso y las costumbres del quesero, el alcazareño ya cuidaba entonces de uno de sus productos símbolo, al que siempre ha tenido devoción todo buen paladar. Por cierto, el otro día me encontré en un escaparate de la capital, Madrid, con un sucedáneo de nuestras tortas que me indignó, que aunque se parecía en la forma y la presentación, para nada en la calidad y características del producto. Ciertamente, no está fabricado en Alcázar, aunque se presentaba como “Tortas de Alcázar”. Veamos la copla:

Las tortas son superiores.
Las buenas son raras,
las de ahora son peores,
pero las cobran más caras.

Otro de los grandes hitos de la feria de 1920 fue el teatro. Contaba Alcázar en aquel año con dos salas de exhibición teatral, el Moderno y el Principal. Este último, de corta vida, se encontraba en los bajos del Casino, hoy edificio consistorial, y el Moderno, lamentablemente desaparecido hace ya dos décadas, se conoció bajo el nombre de Crisfel. Hubo en aquella feria representaciones de compañías de comedia y zarzuela. En el Principal se anunciaba como programa inaugural en los pasquines la actuación de una compañía infantil con un programa doble. En el Moderno, entre otras programaciones, se anunció un concurso de bailes regionales, precedente indudable de nuestras noches de folklore y música popular de la feria. Entonces el concurso se amenizaba con una banda de guitarras y bandurrias y se concedían premios a las parejas que mejor bailaran las jotas, las rondeñas y las manchegas.
El programa de feria estuvo organizado, como corresponde, por el ayuntamiento, que en aquel año lo presidía el insigne Inocente Sánchez Ajenjo y actuó como presidente de la comisión de festejos Enrique Manzaneque que tanto se ocupó de Alcázar y sus cosas en muchos sentidos.
Aquella feria estaba prevista para llegar a todos los vecinos e incluso se pensó en aquellos que tenían menos recursos. Eran momentos en los que los servicios sociales estaban ausentes del panorama municipal y los organizadores pensaron en los niños pobres con un reparto de juguetes. En el paralelo del tiempo en que hoy vivimos, un siglo después, afortunadamente hay una intervención social en este sentido que ampara muchas necesidades, y la infancia sigue estando muy considerada en la feria actual con programaciones de espectáculos para niños y un día en el que las atracciones en el recinto ferial son más baratas con el nombre de Día del Niño.
Aquí termina este viaje del tiempo al pasado que nos ha llevado de nuevo a los trenes de carbón, los animales tirando de los vehículos, las mujeres con vestidos casi tradicionales y un Alcázar conservado aún en la arquitectura popular y en las costumbres más ancestrales a través de este número de Tierra Manchega que hemos tenido a la vista. Para redactar estas notas se cita la siguiente copla que queda como fuente de inspiración de las actuales demostraciones gastronómicas que muchos jóvenes llaman “La noche de las gachas”:

Un plato de migas,
unas gachas luego
y entre los dos platos,
el pisto manchego.

JOSÉ FERNANDO SÁNCHEZ RUIZ
Sociólogo. Director del Patronato Municipal de Cultura de Alcázar de San Juan hasta el mes de marzo de 2020, ha cambiado su perfil profesional a presidente de la Casa de Castilla La Macha en Madrid. En su dilatada carrera profesional ha realizado diversos trabajos en torno a la historia local de Alcázar de San Juan.
También tiene un blog donde publica algunos de sus trabajos https://miperrofederico.blogspot.com/
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